Manu Pérez

Fotografía documental y de viaje

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Patagonia, al sur del sur. (segunda parte)

22/12/2023 by Manu Pérez Deja un comentario

Bueno, ya se que os prometí en mi última entrada del blog, Patagonia, al sur del sur, que continuaría con mi viaje por Patagonia muy pronto. Ya decía Einstein que el tiempo es relativo y con este añito que nos ha tocado vivir… En fin, no pongo más excusas.

Dejé Temuco un poco desilusionado por no conseguir entrar en la comunidad Mapuche, pero lleno de ilusión por los casi dos meses que me quedaban de viaje por Patagonia .

Los lagos

Desde Temuco puse rumbo a la región de los lagos. Mi primera parada fue Puerto Montt, capital de la región. De allí es una amiga mía, ella hace años que vive en Europa, pero su familia aún vive en la ciudad. Me quede un par de días y luego me dirigí a la isla grande del archipiélago de Chiloé, mi verdadero destino en la zona.

Cuando los españoles llegaron a Chiloé le pusieron por nombre Nueva Galicia y la verdad es que razón no les faltó. En Chiloé la lluvia y la niebla parecen perennes. Todo esta cubierto de verde. Es una tierra húmeda y fría. Solo la separan cuatro kilómetros del resto del país, pero nada más llegar te das cuenta de que estás en un lugar muy distinto.

Visite varios pueblos con sus peculiares palafitos, casas sobre largas estacas, y sus bonitas iglesias de madera patrimonio de la UNESCO. Luego pase tres días en el parque nacional de Chiloé, donde hice un trekking a lo largo de la costa, muy bonito, pero bastante duro y MUY húmedo.

Fue una caminata de ida y vuelta atravesando varias playas conectadas por pequeñas colinas. El primer día no llovió mucho pero la niebla y la humedad no se quitaron durante todo el camino. Llegué a la zona de acampada justo cuando empezaba a llover más fuerte, un grupo que ya estaba instalado y con la cena casi lista me invito a unirme a ellos. No le podía decir que no a una sopa caliente. Eran unos estudiantes que estaban de vacaciones recorriendo el sur de su país. Pasamos un buen rato, hasta que la lluvia empezó a apretar y nos tuvimos que meter en las tiendas. No dejo de llover en toda la noche…ni en todo el día siguiente. Tuve que hacer el camino de vuelta, unas cinco horas, bajo la lluvia. No recuerdo haberme mojado más en toda mi vida. Llegue al hostal donde me quedaba esa noche calado hasta los huesos…literalmente. Toda una experiencia.

La carretera austral

Volví a Puerto Montt para coger un autobús que me llevase hacia el sur a través de la carretera austral.

La carretera austral comienza en Puerto Montt y termina 1240 kilómetros más al sur, en Villa O`Higgins, después de haber atravesado multitud de fiordos, glaciares, volcanes, bosques milenarios,…sin duda uno de los recorridos más espectaculares de nuestro planeta.

Mi primera parada fue Chaitén, un pueblo enterrado en la ceniza que soltó el volcán del mismo nombre durante su última erupción en 2008. En estos lugares te das cuenta del verdadero poder de la naturaleza. No muy lejos de allí se encuentra el parque Pumalín en el que pasé un par de días recorriendo sus bosques.

Continué mi camino hacia el sur hasta llegar a La Junta, un pequeño pueblo en el que vivía una de las mejores amigas de mi amiga de Puerto Montt con su marido. Mi idea era pasar un par de días en el pueblo y luego continuar hacia O’Higgins, pero a veces las cosas no salen como se planean.

Huelga

La Patagonia chilena es un lugar en el que falta de todo. Faltan hospitales, universidades,… La gente ya estaba cansada de tener que hacer un largo viaje hacía el norte para solucionar muchas cosas que se podrían solucionar en el mismo lugar si el gobierno invirtiera dinero en la región. Comenzaron una huelga.

Allí no se toman las huelgas a la ligera. Cortaron la carretera austral con barricadas y la gasolina comenzó a escasear rápidamente. Quedé atrapado en La Junta. Seguir viajando por la parte de la Patagonia chilena era imposible y no sabía cuanto podía durar la situación. Mi única opción era encontrar alguien que me quisiera llevar hasta la frontera con Argentina y continuar mi viaje desde allí.

Tarde tres días en encontrar a alguien que se apiadara de mi. Cada día pasaba la mañana junto a la carretera haciendo auto-stop hasta que una pareja me recogió y me dejó cerca de la frontera. Antes de despedirnos me regalaron un bocadillo y una botella de vino para que pudiera continuar mi viaje bajo la lluvia con alegría.

El puesto fronterizo estaba cerca del parque nacional de los alerces que aunque en principio no estaba en mis planes, me dije: ¿por qué no?

Patagonia argentina

El parque de los alerces está en plena cordillera andina. Un lugar hermoso, lleno de lagos y bosques frondosos. Pasé un par de días recorriendo el parque y luego continué mi viaje hacia el sur.

Me esperaba un viaje en autobús de casi 24 horas desde Esquel a El Calafate. 24 horas en las que el paisaje prácticamente no cambio. La Patagonia argentina es una planicie seca, sin apenas vegetación. Kilómetros y kilómetros de una inmensa nada.

El Calafate es la puerta de entrada al glaciar Perito Moreno. Hay lugares que da igual los documentales o las fotos que hayas visto, nada le puede hacer justicia. El Perito Moreno es sin duda uno de los lugares más impresionantes en los que he estado. No se como describirlo con palabras, simplemente hay que estar allí para vivirlo. No dejaré de emocionarme cada vez que recuerde el rato que pasé junto a él.

Aún en shock después de mi visita al Perito Moreno, al día siguiente hice una excursión para ir a ver el monte Fitz Roy. Una impresionante pared de piedra famosa entre los escaladores por su extrema dificultad.

Torres del Paine

Volví al lado chileno para llegar a uno de los destinos que tenía marcado en rojo, el parque nacional Torres del Paine.

Podría hacer una entrada del blog hablando solo de las Torres. Naturaleza pura. Todo un espectáculo visual.

Me decidí por la ruta conocida como la ‘W’. Cinco días en los que recorrí tres valles a cual más espectacular.

La «pata» derecha de la w te lleva hasta el mirador las Torres. El lugar más icónico del parque. Después de una buena subida, llegas a un pequeño lago glaciar con tres picos de granito al fondo. Un lugar hermoso. El agua del lago os aseguro que estaba fría.

La «pata» central es posiblemente la que más me impresiono. Caminas por un bosque hasta que poco a poco se va despejando y de repente te encuentras rodeado de unas inmensas paredes de granito. Me sentía como una estrella de rock en medio de un estadio abarrotado. Pequeño, insignificante, pero a la vez poderoso.

Por último, la «pata» izquierda. Comencé a caminar bordeando un lago lleno de icebergs hasta que descubrí a lo lejos de donde venían. El glaciar Grey. Una impresionante masa de hielo que a cada paso que daba se iba haciendo más grande.

Los días en las Torres fueron realmente increíbles, pero el viaje tenía que continuar.

El estrecho de Magallanes

Llegué a Punta Arenas, una ciudad a orillas del estrecho de Magallanes. Desde allí contraté una excursión que te llevaba en barco hasta una pequeña isla en medio del estrecho donde pasan el verano austral una colonia de pingüinos de Magallanes.

Salimos al amanecer. ¡De repente me encontraba en un barco en medio del estrecho de Magallanes! Hace 500 años Hernando de Magallanes navegó por este paso marítimo para completar la primera vuelta al mundo demostrando así que la Tierra es redonda. Hasta la creación del canal de Panamá fue la única ruta marítima para cruzar del Atlántico al Pacífico. Cientos de personas han vivido aventuras en sus aguas. Y ahora yo era el que estaba allí. 

Llegamos a una pequeña isla con un faro… y miles de pingüinos. Allí llegaban, ponían sus huevos y esperaban a que sus crías nacieran y crecieran lo suficiente para nadar hacía el norte y volver al año siguiente. Solo estaba permitido caminar por un sendero delimitado por unas cuerdas. Los pingüinos en vez de salir corriendo al vernos, se quedaban mirándote, casi como si estuvieran posando. Fue una experiencia muy divertida.

Tierra del fuego

Desde Punta Arenas volví a cruzar la frontera para llegar a Ushuaia, en la tierra del fuego, supuestamente la ciudad más austral del mundo (Puerto Williams. en la parte chilena, está un poco más al sur).

Ushuaia no tiene mucho que ver. Alrededor del puerto está la zona turística con multitud de tiendas de suvenires que se afanan en mostrar a los cruceristas que llegan hasta allí que están en la ciudad más al sur del mundo. A parte de eso, poco más. Pero no muy lejos de la ciudad se encuentra el parque nacional Tierra del Fuego. Una autentica maravilla.

En el parque no había prácticamente nadie. Durante el día a veces me cruzaba con alguna persona, pero por la noche me quedaba solo en la zona de acampada. Pasé dos días recorriendo la zona hasta que algún animal decidió entrar en mi tienda sin usar la puerta mientras yo estaba paseando. Me quedé sin casa. Era el tiempo de volver. 

Panadería La Unión

En la parte Argentina de Tierra del Fuego hay tres pueblos. Ushuaia, el más al sur, Tolhuin en el centro, y Rio Grande en el norte.  No se me había perdido nada en Tolhuin, pero estaba a orillas del lago Fagnano y pensé que podía ser interesante conocerlo.

Me quede un par de noches en una pequeña cabaña. Tolhuin es un pueblecito bastante agradable para pasear. Pero si hay algo que destaca en él, es la panadería La Unión.

La panadería es el centro neurálgico del pueblo. Las paredes están repletas de fotografías de famosos que pasaron por allí y las vitrinas están llenas de infinidad de sándwiches y dulces con una pinta que te dan ganas de probarlos todos. También era el lugar donde comprar los billetes de autobús para viajar a Rio Grande.

Me coloqué en el lugar que me dijeron para coger el autobús. Espere más de una hora. El autobús no llegaba así que fui a la panadería a preguntar. El autobús no pasaría ese día. No había suficientes pasajeros. Pero las cosas pasan siempre por algún motivo. 

Cuando la chica que me atendió descubrió que venía de Málaga fue corriendo a buscar al dueño de la panadería. Resultó que Emilio había nacido en Málaga y la recordaba con mucho cariño. Tenía una fotografía enorme de una vista aérea de la ciudad colgada en la pared de su despacho. No paraba de preguntarme y contarme cosas.

Me invito a quedarme todo el tiempo que quisiera. Pasé un par de días más en Tolhuin aprendiendo a hacer facturas, pastafrola, sándwiches de todo tipo,… Fue una experiencia inolvidable.

Al final el autobús llego.

Hacia el norte

Llego el momento de ir volviendo hacia Buenos Aires, pero aún me quedaban un par de paradas antes de llegar.

De Rio Grande cogí un autobús que me llevó hasta Puerto Madryn, junto a la península Valdés.

La península Valdés es uno de los principales lugares en el mundo para avistar ballenas. Justo cuando yo fui, principios de febrero, no era época de paso de ballenas, pero si se podían ver otros animales.

La península es una zona protegida y solo se podía visitar con un tour organizado. Vimos algunos elefantes marinos descansando en la playa y a unos fotógrafos escondidos esperando que llegara una orca para cazar una de las crías. La orca nunca llegó. Los fotógrafos llevaban más de una semana esperando. 

Pero lo realmente asombroso de esos días fue un paseo en barco para avistar delfines que hice al día siguiente.

Estuvimos más de una hora navegando en un pequeño barco sin conseguir ver nada. De repente, cuando ya nos estábamos dando por vencidos, empezaron a aparecer. Cada vez eran más. Nadaban junto a nosotros sin hacernos mucho caso. parecía que llevaran un rumbo fijo. Estaban pescando. De repente, casi por arte de magia, desaparecieron. Al poco apareció un delfín saltando y golpeando con fuerza el agua con su cola. Estaba marcando un lugar. Habían encontrado un banco de peces. Poco a poco fueron apareciendo otra vez el resto de delfines…y pájaros, cientos de pájaros.

Nos contaron que los delfines van rodeando el banco de peces obligándolo a subir a la superficie. Allí los peces se quedan casi sin oxigeno, atontados. Entonces es cuando empieza el festín. Fue realmente espectacular.

Villa Gesell

Continué mi camino hacia el norte, el siguiente destino Villa Gesell, en la costa de la provincia de Buenos Aires. Allí me esperaba un buen amigo que vivió varios años por Málaga y ahora estaba de vuelta en su ciudad ayudando a su familia con la cafetería que tenían en el centro.

Gesell es la típica ciudad costera que en verano se transforma multiplicando su población de forma exponencial cuando, sobretodo, la gente de la capital viaja para pasar sus vacaciones junto a la playa, el resto del año es bastante tranquila. Yo llegué justo a final del verano.

La zona de Gesell originalmente era una zona de dunas en las que difícilmente se podía construir nada, pero Carlos Idaho Gesell se empeño en construir, por lo que a principios de los años 30 del siglo pasado comenzó a plantar pinos para «domar» las dunas. Como curiosidad la primera casa de Gesell tenía 4 puertas de entrada, una a cada lado. Así cuando la arena enterraba una de las puertas, siempre se podría entrar o salir por las otras.

Pasé unos días con mi amigo y su familia en su casa. Fue allí cuando me di cuenta que el viaje ya estaba terminando y que había sido increíble pero que ya era hora de volver a casa y estar tranquilo una temporada.

 Todo llega a su fin

Llegue a Buenos Aires 4 días antes de mi vuelo de regreso a España. Después de casi 3 meses el viaje llegaba a su fin.

Me quede en un hostal no muy lejos del obelisco, en pleno centro. Buenos Aires me pareció como si a Madrid de repente la hubieran colocado en Italia. La ciudad arquitectónicamente tiene un cierto aire a la capital de España, pero la vida en ella esta claramente influenciada por el legado que dejaron los migrantes que llegaron de Italia.

Disfrute mucho de Buenos Aires, igual que del resto de un viaje realmente inolvidable, lleno de experiencias que se han quedado grabadas en la parte más bonita de mi memoria hasta el día que me muera. 

Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Monte Almirante Nieto reflejado en el lago, Parque nacional Torres del Paine, Chile.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Pingüinos de Magallanes en la isla Magdalena, estrecho de Magallanes, Chile.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Valle francés en el parque nacional Torres del Paine, Chile.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Grupo de patos en el parque nacional Los Alerces, Argentina.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Delfines cerca de la península Valdés, Argentina.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Bosque en el parque nacional Tierra del Fuego, Argentina.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Calle en Valparaiso, Chile.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Calle en la ciudad de Tolhuin, Tierra del fuego, Argentina.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Parque nacional Conguillio con el volcán Llaima reflejado en el lago al fondo, Chile.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Playa en el parque nacional Chiloé, Chile.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Glaciar Perito Moreno. Argentina.
Patagonia, al sur del sur. (segunda parte). Dunas con la ciudad de Villa Gesell al fondo, Argentina.


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“La fotografía sólo puede representar el presente. Una vez fotografiados, el sujeto se convierte en parte del pasado.”  Berenice Abbott

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Patagonia, al sur del sur.

26/05/2020 by Manu Pérez Deja un comentario

Patagonia, al sur del sur. Situada en el extremo sur del continente americano, actualmente la Patagonia es compartida por Chile y Argentina. Separadas por la cordillera de Los Andes, la Patagonia chilena es húmeda y boscosa, mientras que la Patagonia argentina es una gran meseta desértica.

El nombre de Patagonia se lo dio la expedición de Fernando de Magallanes al llegar en 1520.  Durante ese viaje se encontraron con el pueblo Tehuelche o Patagón, que era mucho más grande fisicamente que el europeo. Comenzaron a llamarlos Patagones, ya que en portugués «patagão» significa pata grande, y a la región donde vivían Patagonia.

Con una población de unos dos millones y medio de habitantes repartidos en una superficie de un millón de kilómetros cuadrados (la superficie de España es de medio millón), la Patagonia es de los pocos lugares de nuestro planeta que aún se resiste a la llegada del ser humano. Valles, montañas, bosques, lagos, glaciares y playas son algunos de los lugares que puedes recorrer durante horas o incluso días sin encontrar rastro de civilización. Pura naturaleza.

Preparando el viaje a Patagonia

Suramérica es grande, muy grande. Un viaje de 12 horas es un trayecto «corto», nada que ver con las distancias que manejamos en Europa. Sabía que necesitaría tiempo para recorrer aunque solo fuera una pequeña parte. Junté mi mes de vacaciones, un mes de permiso no retribuido y varios días que me debían de hacer turnos extras. ¡Voila! Ya tenía tres meses libres. Nunca antes había tenido tanto tiempo para viajar.

Ya tenía el tiempo, faltaba la ruta. Varios amigos con los que había convivido en Málaga una buena temporada andaban desperdigados por Suramérica. Decidimos reencontrarnos en algún lugar que nos viniera bien a todas y pasar unos días juntos. Mendoza, en Argentina, sería nuestro punto de encuentro.

Cuando nos separáramos tenía claro que quería poner rumbo al sur. La Patagonia me llamaba. El Perito Moreno, las Torres del Paine, el estrecho de Magallanes,… Todos ellos lugares que siempre habían estado en mi cabeza y que ahora por fin podría conocer.

El comienzo

Llegue a Buenos Aires una mañana de enero, verano en el hemisferio sur, después de unas cuantas horas de vuelo. Por la tarde cogería un autobús hacia Mendoza, así que dejé la mochila en la estación y me di una pequeña vuelta por la ciudad para estirar las piernas. Al final del viaje si que pasé unos días en la capital de Argentina. Buenos Aires me recordó mucho a Madrid, pero a lo grande. Culturalmente quizás tenga más que ver con Italia que con España. Con permiso de los napolitanos, hasta ahora no he probado pizzas más ricas que las que venden en la calle Corrientes.

De Buenos Aires a Mendoza hay unas 12 horas de autobús. Viajaría toda la noche, así que elegí un autobús cama, moderno y cómodo. En mitad de la noche, en mitad de la Pampa argentina, en mitad de la nada, el autobús se paro. Bajamos todos y después de un buen rato apareció un coche viejo del que bajó un señor con una caja de herramientas oxidada. Se metió debajo del autobús y al cabo del rato volvió a salir. El autobús seguía sin arrancar. El tipo se fue y nos fueron distribuyendo en otros autobuses que paraban al pasar. Todo el mundo se quejaba, pero yo hacía tiempo que no podía dejar de mirar al cielo. Nunca había visto tantas estrellas juntas. Mi primera noche, el viaje prometía.

El reencuentro

Algunas horas más tarde de lo previsto llegue a Mendoza y aunque en los últimos dos días habría dormido unas 6 horas en total, no me sentía cansado. Me colgué la mochila y me dirigí a la plaza central de la ciudad. Allí tendría que encontrarme con mis amigos. Después de un rato fueron apareciendo poco a poco y por la tarde ya estábamos todas. 

Dos italianas, una griega, una argentina, un sueco y un español. Nos volvíamos a reunir al otro lado del mundo. Fue genial encontrarnos otra vez. Pasamos unos días en Mendoza y luego nos fuimos de acampada a la precordillera de Los Andes. Parecía que nunca nos habíamos separado. Charlamos, reímos, paseamos,…y bebimos mucho vino.

Camino al Pacífico

Después de despedirnos cruce a Chile por el paso de los libertadores, el de más altura de Los Andes. Justo antes de la frontera, está el valle del Aconcagua. Fuera de la cordillera del Himalaya, el Aconcagua es la montaña más alta del mundo. Desde el valle no daba esa sensación ya que no tienes ninguna referencia alrededor para percibir su altura. De todas formas el lugar era increíblemente bonito.

Conseguí que una pareja me llevara en coche hasta Santiago. Una vez que cruzas la frontera comienza un espectacular descenso por una carretera llena de camiones en la que desde lo alto parece que nunca acaban las curvas.

Santiago no tiene mucho de especial. Casi todas las ciudades por las que pasé durante el viaje no tenían mucho de especial. Están estructuradas de forma práctica, en cuadras. En la mayoría lo más curioso de ver es el cementerio.

Pasé un par de días en Santiago y luego me fui a Valparaiso. Allí me volví a encontrar con dos de mis amigas que estaban trabajando en un hostal. Valpo si es una de esas excepciones que vale la pena visitar. Construida entre colinas. Esta llena de «ascensores», funiculares que a modo de autobús suben y bajan las colinas. Una ciudad muy colorida y llena de vida.

Después de unos días en Valpo era hora de poner rumbo al sur. La Patagonia me esperaba.

Mapuches, uno de los pueblos originarios de la Patagonia

Ya que estaría casi tres meses fuera de casa quería hacer algo especial en este viaje. Siempre me han interesado las diferentes culturas del mundo, en especial la de los pueblos originarios. Me fascina descubrir las similitudes y diferencias de las distintas gentes que pueblan nuestro planeta.

Antes del viaje investigue un poco y descubrí que aún quedaba una importante comunidad Mapuche, sobretodo en la Araucaria chilena. Los Mapuches son un pueblo nativo americano que antes de la llegada de los españoles se extendían por todo el norte de la Patagonia. Aún conservan su lengua, el mapudungun, y muchas de sus tradiciones.

La espera

Me propuse hacer un reportaje fotográfico sobre todo lo que rodea a la cultura Mapuche. A través de una amiga que colaboraba con una ONG, conseguí el contacto de una profesora que trabajaba en la universidad de Santiago. Mientras estuve en la capital chilena me reuní con ella. Le conté que pretendía pasar unos días en una comunidad mapuche para retratar su modo de vida y así de alguna manera conservar su cultura. Le gusto la idea y me dio el contacto de un chico que vivía en una comunidad cerca de Temuco, la capital de la Araucaria.

Cuando me reuní con el chico me contó que él llevaba tiempo pensando en hacer algo así. Le pareció una muy buena idea, pero antes de poder entrar en la comunidad tenía que reunirse con los ancianos para que diesen el visto bueno. Paso una semana antes de volverme a reunir con él. Los ancianos no lo veían muy claro y tenían muchas preguntas que respondí lo mejor que pude. Tocaba esperar otra vez.

Al cabo de unos días hablé otra vez con el chico y me dijo que los ancianos habían dicho que no. No veían que beneficio podían tener ellos. Desistí. En parte los entendía, al fin y al cabo no era más que un extranjero que se quería meter en sus vidas. Por lo menos me dio tiempo de conocer la región. La Araucaria esta llena de volcanes, lagos y bosques de araucarias, una especie de pinos con forma de paraguas invertido. Aun con todo mereció la pena la espera.

Patagonia

Me quedaban casi dos meses de viaje, tiempo suficiente para llegar hasta Tierra de Fuego y luego volver a Buenos Aires por la costa atlántica. Toda una aventura que prometo contaros muy pronto en mi próxima entrada. Como siempre os dejo algunas imágenes de esta primera parte del viaje.

Patagonia, al sur del sur. Pareja caminando en la cordillera de Los Andes cerca de Mendoza, Argentina.
Patagonia, al sur del sur. Monumento natural puente del inca , provincia de Mendoza, Argentina.
Patagonia, al sur del sur. Valle del Aconcagua con la montaña al fondo. Argentina.
Patagonia, al sur del sur. Carretera junto al paso Internacional Los Libertadores. Chile.
Patagonia, al sur del sur. Cruce de calles en Valparaiso, Chile.
Patagonia, al sur del sur. Tranvía subiendo un cerro en Valparaiso, Chile.
Patagonia, al sur del sur. Persona duerme en un parque junto al congreso de la nación, Buenos Aires, Argentina.
Patagonia, al sur del sur. Calle en el barrio de La Boca, Buenos Aires, Argentina.


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“Cuando estoy haciendo fotos, lo que estoy haciendo en realidad es buscando respuestas a las cosas.”  Wynn Bullock

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Kamchatka, mucho más que un territorio del Risk.

13/04/2020 by Manu Pérez 6 comentarios

Kamchatka, mucho más que un territorio del Risk. Solía pasar horas y horas con mis amigos delante del tablero del Risk y fue por entonces cuando por primera vez descubrí Kamchatka, uno de los territorios del juego, un espacio clave en él. Pero Kamchatka no es un lugar imaginario de un juego. Kamchatka existe.

Kamchatka es una península situada en el Extremo Oriente ruso, al norte de Japón, en pleno cinturón de fuego del Pacífico. Un lugar tan remoto que ha permanecido prácticamente intacto hasta nuestros días. Los rusos llegaron en el siglo XVII, hasta entonces sus únicos habitantes habían sido un puñado de gentes divididas en cuatro tribus: Koryaks, Evens, Chukchies y Itelmans.

Al ser una región tan aislada, Kamchatka no ha tenido prácticamente ningún acontecimiento histórico relevante, salvo algún que otro escarceo sin mucha importancia. Después de la Segunda Guerra Mundial Kamchatka fue declarada zona militar por los rusos y durante 50 años, hasta 1990, estuvo completamente prohibido el acceso a los extranjeros.

Actualmente en Kamchatka viven unas 400.000 personas, prácticamente todas en Petropávlovsk-Kamchatski, el resto, territorio virgen…

¿Por qué Kamchatka?

Quizás os estéis preguntando, ¿Por qué Kamchatka?. En mi anterior viaje, del cual hablaré próximamente, estuve recorriendo la Patagonia chilena y argentina. De ese viaje lo que más me sorprendió es que aún quedaban grandes extensiones de terreno en las que el ser humano aún no había hecho acto de presencia. Naturaleza en estado puro. Quería seguir conociendo lugares así y Kamchatka siempre me había llamado la atención aunque no conocía mucho de ella.

Comencé a investigar y enseguida me di cuenta de que era donde quería ir. Volcanes activos, grandes bosques, osos pardos, salmones salvajes,… También me di cuenta de que no sería el típico viaje en el que colgarme la mochila e ir viendo hacia donde me va llevando. En Kamchatka hay que tenerlo todo bien organizado. Después de un poco más de investigación descubrí que el viaje no sería barato, algo que ya me temía, aunque había conseguido algo de dinero extra hacia poco y que mejor que gastarlo en viajar, ¿no?. Me decidí por una empresa española que se llama Tierras Polares y la verdad que hacerte de pleno. 

El viaje

Verano, la única época en la que el tiempo permite visitar Kamchatka. Después de un largo viaje en el que me dio tiempo de visitar a un amigo en París y conocer la plaza roja de Moscú, llegué por fin a Petropávlovsk-Kamchatski. Allí me esperaba una chica de la agencia y poco a poco fueron apareciendo la gente con las que compartiría el viaje. Un grupo de suizos, otro grupo de israelíes, una italiana, un australiano y creo que no me dejo a nadie. Era la primera vez que viajaba con una agencia de viajes y la verdad no sabía muy bien que esperar.

En el hotel nos encontramos con los guías que vendrían con nosotros y después de soltar las cosas en las habitaciones salimos a dar una vuelta por la ciudad. Petropávlovsk-Kamchatski es la típica ciudad rusa con prácticamente todos los edificios iguales, eso sí, rodeada de volcanes. Al día siguiente salimos a dar un paseo en barco bastante interesante en el que vimos todo tipo de aves marinas. Pero lo mejor estaba por llegar…

Comenzaba la verdadera aventura. Nos montamos en un camión/autobús 4×4 que sería nuestro medio de transporte los próximos 10 días, nos dirigimos hacía el norte por un camino de tierra que es lo más parecido a una carretera que hay en Kamchatka fuera de la ciudad. Después de todo el día viajando llegamos a Kozyrevsk, un pequeño pueblo donde hicimos noche antes de continuar el viaje.  Al día siguiente nos salimos del camino de tierra y atravesamos literalmente un bosque hasta que, después de algunas horas, el paisaje cambió bruscamente.

Llegamos a una gran meseta volcánica en la que pasaríamos los próximos días. Un lugar desolador, sin prácticamente vegetación. Un lugar hermoso y sorprendente. Durante tres días caminamos sobre los ríos de lava endurecida de la erupción que tuvo lugar el año anterior del volcán Tolbachik. Aun se sentía el calor de la lava bajo los pies. Visitamos un bosque literalmente engullido por la ceniza volcánica en el que solo sobresalían las copas secas de los árboles.

Subimos el volcán Plosky Tolbachik. Desde su cima se veía toda la meseta. Lo que más me sorprendió fue ver todas esas «colinas» volcánicas distribuidas alrededor de la meseta. Me explicaron que cuando la presión bajo la tierra es muy alta y el magma no tiene por donde salir busca las zonas más débiles creando esos conos volcánicos. También era impresionante ver todas las distintas tonalidades de rojos, amarillos, grises,… Después de los días que pasamos en la meseta del Tolbachik ya podía decir que el viaje había valido la pena con creces, pero aún quedaban lugares por descubrir.

Pasamos una noche en un pueblo llamado Esso donde vimos un baile tradicional de la tribu Evens. Me sorprendió lo parecidos que eran con los mapuches de Chile y Argentina, a miles de kilómetros de distancia. Entre otras cosas utilizaban una especie de pandereta prácticamente idéntica a la de los mapuches. ¿Casualidad?

Subimos el volcan Mutnovsky. Su cráter es una especie de desfiladero lleno de chimeneas por donde sale vapor y gases con olor a azufre. Uno de esos lugares donde realmente sientes que la Tierra esta viva y puedes escucharla.

Por último subimos los volcanes Gorely y Avacha con vistas espectaculares desde la cima. Pero no todo va a ser subir y bajar, también tuvimos tiempo para darnos algún que otro baño en aguas termales, cosa que después de tanto esfuerzo agradecimos mucho.

La compañía

Como ya he dicho, esta fue la primera vez que viaje con un grupo organizado y la verdad que salió bastante bien. En general congenié bastante bien con mis compañeros de viaje, especialmente con los suizos y mención aparte para el equipo que nos acompaño todo el viaje y que hizo que saliera todo a la perfección.

Viajamos con dos guías, una cocinera y el conductor. Artyom fue el guía y responsable del viaje, siempre pendiente de todo. Durante el viaje fue padre y tuvo que esperar hasta que termino el viaje para conocer a su hijo. El día que nació lo celebramos a lo grande, con dos salmones gigantes recién pescados y como no, vodka. Para el otro guía fue su primer viaje, un chico de más de dos metros y mucha energía.

La cocinera, Nadia, siempre lo tenía todo listo en el campamento cuando volvíamos hambrientos después de caminar todo el día. Creo que no he vuelto a probar sopas tan ricas. El conductor era una de esas personas que podría estar una vida entera contándote historias y nunca te cansarías de oírle. Había estado en el ejercito toda su vida donde había conducido todo tipo de vehículos por los lugares más inhóspitos. Un día me dio a probar un liquido transparente que tenia dentro de una botella de coca cola…creo que nunca he probado algo tan fuerte.

Kamchatka, mucho más que un territorio del Risk. Aldea de Kozyrevsk, Rusia.
Kamchatka, mucho más que un territorio del Risk. Volcán Tolvachik, Rusia.
Kamchatka, mucho más que un territorio del Risk. Domos de lava. Rusia.
Kamchatka, mucho más que un territorio del Risk. Paisaje volcánico. Rusia.
Kamchatka, mucho más que un territorio del Risk. Bosque calcinado por la lava. Rusia.
Kamchatka, mucho más que un territorio del Risk. Paisaje volcánico  con nubes bajas. Rusia.
Kamchatka, mucho más que un territorio del Risk. Crater del volcán Mutnovsky expulsando gases. Rusia.
Kamchatka, mucho más que un territorio del Risk. Paisaje volcánico con rio de lava solidificada. Rusia.


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Los Balcanes, entre oriente y occidente.

01/04/2019 by Manu Pérez Deja un comentario

Los Balcanes, entre oriente y occidente. Puerta de entrada a Europa, Los Balcanes han sido siempre un lugar de encuentro de culturas y quizás por eso también una tierra de disputa y de conflictos. Grandes imperios han pasado por esta península: griegos, romanos, otomanos, astro-húngaros,…

El detonante que inició la primera guerra mundial ocurrió en Sarajevo, que entonces pertenecía al imperio astro-húngaro, cuando el 28 de Junio de 1914 un joven nacionalista serbio mató al archiduque Francisco Fernando de Austria. Durante la primera mitad de los años 90 la antigua Yugoslavia se dividió en varios países después de una cruenta guerra civil que conmociono a toda Europa. Más recientemente, Los Balcanes se han convertido en la principal vía de entrada a Europa de las personas que escapan de la guerra de Siria. Y así otros muchos sucesos que me dejo en el tintero. Europa es hoy lo que es en gran parte por los acontecimientos que pasaron en estas tierras. 

20 años después

Mi viaje a Los Balcanes fue el primero en el que salí de casa con una idea fotográfica en mente. Acababa de terminar el curso de fotografía documental y quería poner en práctica lo que había aprendido. 

Era el verano del 2010. Hacía 20 años de la guerra civil que dividió lo que hasta entonces era Yugoslavia en varios países. Decidí viajar a esos países para intentar plasmar como transcurría la vida de la gente varios años después de que acabara todo aquello.

Pasé casi un mes y medio recorriendo gran parte de Croacia, Bosnia & Herzegovina y el norte de Serbia. Visité lugares como Sarajevo, Mostar, Srbrenica, Dubrovnik, Vukovar,… Lugares que en mi adolescencia no paraban de sonar en los medios de comunicación. Aún tengo la imagen de esa señora intentando cruzar la calle con las bolsas de la compra mientras se escuchaban los disparos de un francotirador.

Srbrenica, donde en Julio de 1995 fueron asesinadas unas 8000 personas, es un pequeño pueblo donde la gente hacia la compra en el supermercado mientras unas abuelas vigilaban a sus nietos que jugaban en el parque.  Dubrovnik, que estuvo varios meses asediada durante la guerra, es una ciudad donde cientos de cruceristas desembarcaban por la mañana para volver a marcharse por la tarde. En ciudades como Sarajevo o Mostar el único recuerdo de la guerra eran los impactos de mortero en los edificios, como cicatrices que contaban lo que allí pasó no hacía tanto. Y cementerios. Cementerios llenos de personas nacidas a finales de los 70 o principio de los 80. Muertas en la guerra. No podía dejar de pensar que todas esas personas tendrían que tener ahora mi edad.

Gentes

Encontré mucha gente por el camino. Gente entrañable y curiosa. Querían saber de mí y muchas también querían contarme. Dejaba que me hablasen de lo que quisieran, sin yo preguntar nada.

Había gente que me contaba historias de la guerra. De como su padre estuvo presente en un intercambio de prisioneros, o de como fue que estuvo en Barcelona, mientras me enseñaba la cicatriz de una herida de bala en el brazo. Todas estas cosas te las contaban de forma natural, como quien te cuenta que el domingo se fue a comer una paella al campo con la familia. Otras personas me contaban como habían estado viajando por todo el mundo haciendo dedo, o como habían aprendido a chapurrear el español a través de las telenovelas.

Este viaje posiblemente fue y será uno de los más intensos y enriquecedores de mi vida. En este viaje comencé a viajar con mayúsculas. 

Los Balcanes, entre oriente y occidente. Cartel publicitario junto a un edificio en ruinas a las afueras de Sarajevo, Bosnia Herzegovina.
Los Balcanes, entre oriente y occidente. Grupo de jovenes punkis caminan por una calle de Novi Sad, Servia.
Los Balcanes, entre oriente y occidente. Personas se relajan en una cafetería de Dubrovnik, Croacia.
Los Balcanes, entre oriente y occidente. Plaza de la republica en Belgrado, Serbia.
Los Balcanes, entre oriente y occidente. Concierto en la ecoaldea de Zelenkovac, Bosnia Herzegovina.
Los Balcanes, entre oriente y occidente. Gente en una pastelería de Banja Luka, Bosnia Herzegovina.
Los Balcanes, entre oriente y occidente. Calle de Dubrovnik, Croacia.
Los Balcanes, entre oriente y occidente. Playa en la isla de Vis, Croacia.
Los Balcanes, entre oriente y occidente. Joven fotografía a otra chica con la ciudad de Sarajevo a sus espaldas. Bosnia Herzegovina.
Los Balcanes, entre oriente y occidente. Persona camina entre las tumbas de un cementerio musulmán en  Sarajevo, Bosnia Herzegovina.


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“Uno se convierte en fotógrafo cuando ha superado las preocupaciones del aprendizaje y en sus manos la cámara se convierte en una extensión de uno mismo. Entonces comienza la creatividad.”  Carl Mydans

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El Cairo, la victoriosa.

17/11/2018 by Manu Pérez 2 comentarios

El Cairo, la victoriosa o la triunfadora traducido del árabe. Es una de las ciudades más pobladas del planeta. Capital de Egipto, es la mayor ciudad de África y del mundo árabe.

El Cairo se fundó cuando los romanos reconstruyeron una fortaleza persa junto al Nilo. Corría el año 116 d.C. Desde finales del siglo IX una sucesión de gobernantes árabes fueron dejando su huella en la ciudad. En el siglo XIII llegó el pueblo mameluco, después el otomano, más tarde el francés y finalmente el británico. Tras la revolución egipcia de 1952 el país recuperó su soberanía y El Cairo se convirtió rápidamente en la capital del mundo árabe.

La mayoría de la gente que visita El Cairo como turista lo hace dentro de un tour organizado en el que solo ve el museo egipcio, las pirámides y una pequeñísima parte del gran bazar. Pero El Cairo tiene muchos otros rincones que merecen la pena conocer.

Visita a El Cairo

Cinco días en El Cairo dan para bastante. Me quedé en un hostal no muy lejos de la plaza Tahrir. Obviamente visité el museo egipcio, uno de los más impresionantes que he visto. Lo que más me sorprendió fueron todas las figuritas de oro que se encontraron en la tumba de Tutankamón y que ahora se encontraban expuestas en el museo junto a la máscara y otras cosas más conocidas.

Las pirámides son de esos sitios que has visto mil veces en fotografías o documentales y vas a ver pensando que no te pueden sorprender. Sin embargo te sorprenden. Solo utilizando los cinco sentidos se pueden apreciar estos lugares en toda su magnitud.

Pasé un día entero recorriendo el gran bazar, una ciudad en si mismo. Merece la pena perderse en el laberinto de olores y sonidos de este gigantesco mercado en el que puedes encontrar cualquier cosa. Visité un cementerio, donde la gente vive a cambio de cuidar los mausoleos. Pero sobretodo caminé. Para descubrir El Cairo hay que caminar y abrir bien los ojos (siempre que no te pille una tormenta de arena).

El Cairo, la victoriosa. Paseo a lo largo del rio Nilo. Egipto.
El Cairo, la victoriosa. Vista de la ciudad desde lo alto durante una tormenta de arena. Egipto.
El Cairo, la victoriosa. Calle en el centro de la ciudad. Egipto.
El Cairo, la victoriosa. Casa entre las tumbas de la ciudad de los muertos. Egipto.
El Cairo, la victoriosa.  Grupo de turistas indios atienden al guía en la mezquita de al-Azhar. Egipto.
El Cairo, la victoriosa. Las pirámides de Giza vistas desde lo lejos con la ciudad al fondo. Egipto.


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“Las limitaciones de la fotografía están en uno mismo, pues lo que vemos es lo que somos. Si la belleza no estuviera en nosotros, ¿cómo podríamos reconocerla?”  Ernst Haas

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El camino de Santiago, 1200 años de pisadas.

04/11/2018 by Manu Pérez Deja un comentario

El camino de Santiago, según la tradición católica, tiene su origen en la historia de Santiago el Mayor, uno de los discípulos de Jesus. En el año 33 d.C. llego a Hispania para extender la nueva religión por esa zona. Al volver a Jerusalén el rey Herodes Agripa I lo mando ejecutar para contener la expansión del cristianismo en Palestina. Sus seguidores llevaron su cuerpo a España y lo enterraron en el finis terrae.

En el año 813 un eremita informo a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, sobre una lluvia de estrellas que caía sobre un montículo. Cuando llegaron encontraron un sarcófago con los restos de Santiago el Mayor. La noticia corrió como la espuma y pronto comenzó a llegar gente de todos los rincones de la Europa cristiana para venerar al Santo. Así se inicio la peregrinación a ese campus stellae (Compostela). Así comenzó el camino de Santiago.

En mi opinión la historia del sarcófago no deja de ser una leyenda. De alguna forma se podría considerar hasta un acto propagandístico. No podemos olvidar que la «reconquista» cristiana de España comenzó en el año 722 y duró hasta el año 1492. Pero sea como sea, desde sus orígenes y hasta nuestros días miles de personas han partido hacia Santiago por uno u otro motivo. Cada una realizando su camino.

Mi camino

¿Por qué hice el camino de Santiago? Creo que la respuesta más sincera sería por curiosidad. 

Comencé en Saint Jean Pied de Port, en el país vasco francés, y 33 días después llegue a Fisterra tras pasar por Santiago de Compostela. Empecé solo, pero en ningún momento me sentí así. El camino de Santiago es algo individual, cada cual vive su camino. Pero a la vez es algo compartido. Da igual de donde vengas o cuanto dinero tengas, durante el camino todas y todos somos peregrinos o peregrinas. Siempre habrá alguien que te ayude cuando lo necesites. Siempre habrá alguien con quien compartir una cerveza.

Recuerdo los bosques de Navarra, el viento moviendo el trigo en los interminables campos de Castilla, las cenas comunitarias en algunos albergues…y mucha gente entrañable de la que guardo un gran recuerdo.

Al llegar a Santiago y comenzar a ver su catedral no pude evitar que se me saltaran las lagrimas de emoción al recordar todos los buenos, y no tan buenos, momentos que había pasado hasta llegar allí.

El camino de Santiago es una experiencia única que una vez vivida siempre llevarás en el corazón. ¡Buen camino!

El camino de Santiago, 1200 años de pisadas. Peregrino caminando entre la niebla.
El camino de Santiago, 1200 años de pisadas. Flecha indicando el camino en el bosque.
El camino de Santiago, 1200 años de pisadas. Sombra de un crucero reflejada en la fachada de una casa.
El camino de Santiago, 1200 años de pisadas. Camino a lo largo de un campo de cereales verde.
El camino de Santiago, 1200 años de pisadas. Peregrino descansa en una cama junto a una portería en un polideportivo.


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«La fotografía es, antes que nada, una manera de mirar. No es la mirada misma.»  Susan Sontag

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Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos?

27/10/2018 by Manu Pérez Deja un comentario

Marruecos. A tan solo catorce kilómetros y medio de Europa nos encontramos con este lugar. Recién llegados podemos pensar que hemos aterrizado en un universo paralelo en el que todo es distinto. Su cultura, religión,…parece que nada encaja con nuestro modo de vida occidental. Pero si abrimos bien los ojos, nos iremos dando cuenta de que no son tantas las diferencias que nos separan.

Durante casi mil años, los musulmanes dominaron la península ibérica, sobre todo la zona de Andalucía, dejando sus conocimientos en ella. Las acequias, la noria de riego, la brújula, los patios ajardinados e infinidad de palabras que aún hoy están presentes en nuestro día a día, son solo algunas de las aportaciones musulmanas a nuestra cultura.

Viajar a Marruecos es de alguna forma viajar al pasado. Cuanto más nos adentramos en este bello país más nos damos cuenta de las semejanzas que compartimos con él. Quizás cuando lleguemos nos sintamos un poco abrumados por la cantidad de gente que de una u otra forma nos intenta vender algo, sobre todo en los lugares más turísticos. Pronto aprendemos que con una sonrisa y un insha’Allah, algo así como «todo puede pasar», la vida se hace más fácil en Marruecos.

Cuando era pequeño recuerdo ir a Marruecos con mis padres. Tendría 9 o 10 años. De ese viaje lo único que recuerdo es una tarde interminable en una tienda de alfombras. Desde entonces y hasta el 2009, 20 años después, no volví a visitar Marruecos. Quizás al tenerlo tan cerca siempre pensé que podría ir en cualquier momento y terminaba yendo a cualquier otro lugar. Pero desde la primera vez que fui de adulto, le he cogido el gustillo y no puedo parar de volver.

En Marruecos he vivido experiencias inolvidables: caminar descalzo por la arena del desierto, escuchar el soplo del viento en Esauira, el restaurante de Mohamed en Chauen,… Pero sobre todo he encontrado personas amables y hospitalarias. De las que vale la pena conocer. 

Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos? Caravana de camellos atravesando las dunas por el desierto del Sahara.
Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos? Cataratas de Ouzoud.
Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos? Carretera rural cerca de la cordillera del Atlas.
Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos? Grupo de gaviotas en el puerto de Essaouira.
Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos? Murallas de Essaouira.
Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos? Calle de Fez.
Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos? Plaza de Yamaa el Fna, Marrakech.
Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos? Ventanales en Essaouira.
Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos? Chico descansa en las calles de Fez.
Marruecos, tan cerca, ¿tan lejos? Hombre y mujer se abrazan en una tetería de Tetuán.


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«Si sabes esperar la gente se olvidará de tu cámara y entonces su alma saldrá a la luz.»  Steve McCurry

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Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo.

21/10/2018 by Manu Pérez Deja un comentario

Kalaallit Nunaat en idioma Inuit, tierra de los Kalaallit o Groenlandia para nosotros y nosotras. Un lugar agreste y duro, pero extremadamente bello.

Ni siquiera el pueblo vikingo fue capaz de sobrevivir en una isla en la que el 85 por ciento de su espacio está ocupado por una masa de hielo, el Inlandis. Donde sus condiciones extremas hacen que la agricultura y la ganadería se conviertan en tareas casi imposibles.

Solo los inuits, cazadores y nómadas, consiguieron adaptarse al clima groenlandés con éxito. Durante los pocos meses de verano se dedicaban a recolectar bayas silvestres, a pescar y sobretodo a cazar, principalmente focas. Al final del verano montaban el iglú y se preparaban para pasar el largo invierno prácticamente sin salir de él. Dentro del iglú podían convivir tres o cuatro familias. El calor humano es importante en estos casos.

En Groenlandia la foca es el equivalente al cerdo en España, se aprovecha todo: la piel es un fabuloso aislante que se utiliza para hacer ropa o forrar los kayaks entre otras cosas, su carne se come cruda para aprovechar todas sus vitaminas y la grasa se utilizaba como combustible para iluminar.

Los árboles más altos de Groenlandia no llegan al metro de altura. Hasta no hace mucho cualquier tronco que arrastraba la corriente a las costas de Groenlandia era un tesoro. No se quemaba. La madera que encontraban la utilizaban para fabricar todo tipo de construcciones y utensilios.

Las cosas han cambiado un poco en la actualidad, pero sigue siendo un lugar donde la vida no es para nada fácil. Prácticamente todo es importado. Hay que planificar todo con mucha antelación, lo que tendría que llegar mañana puede que no llegue hasta dentro de unos meses. En Groenlandia todo lleva otra velocidad, mucho más calmada.

He tenido la suerte de poder visitar durante dos semanas el sur de Groenlandia. Ha sido solo una pequeña introducción, pero suficiente para empezar a comprender toda otra forma de vivir. Donde cosas que para nosotros están siempre al alcance de la mano, para ellas son un lujo.

Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo. Vista de la impresionante mole de granito del Nalumasortoq al atardecer.
Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo. Hermoso valle cerca de Narsarsuaq.
Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo. Solitaria cruz cristiana cerca de Narsarsuaq.
Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo. Casa solitaria cerca de Narsarsuaq.
Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo. Edificios de Narsarsuaq con icebergs al fondo.
Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo. Narsarsuaq.
Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo. Vista del glaciar de Qaleraliq.
Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo. glaciar de Qaleraliq visto de cerca.
Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo. Iceberg cerca de Narsarsuaq.
Groenlandia (Kalaallit Nunaat), tierra de hielo. Playa con iceberg al fondo.
P.D. No, los iglús no son de hielo.



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«No hay nada peor que la imagen nítida de un concepto difuso.»  Ansel Adams

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